En la sociedad contemporánea -o fluida, como la llama Bauman- cada vez tenemos menos tiempo para reflexionar, todo sucede muy deprisa, casi no nos da tiempo a adaptarnos a una normativa educativa cuando ya la han cambiado de nuevo, llueven los mensajes por varias cuentas de correo, las tareas a realizar, la agenda nos interpela a acelerar el ritmo frenético de la producción, el aprendizaje, el trabajo, las actividades. Tenemos una especie de prurito, ansia o avidez por las novedades: los sucesos, las noticias, los cambios de todo tipo, parecen ser la esencia heraclítea de la temporalidad presente, de forma que es el cambio mismo, la mutabilidad, el único criterio de fijeza de nuestra cultura. ¿Llegará esta a disolver su propia esencia y su propio pasado en el torbellino temporal del cambio, como si cruzara el espacio a través de una estrella de neutrones?
La sociedad contemporánea y urbana con el ritmo de trabajo exigente y acelerado, la ubicuidad de la información, la misma autoexigencia del individuo y el sucederse continuo de los cambios, crea unas condiciones estructurales que paradójicamente inhiben el pensamiento crítico, pese a tener a nuestro alcance más información que en ninguna otra época de la historia. Todo sistema educativo que pretenda recuperar los valores del humanismo no debe contribuir a acrecentar el efecto adverso de la estructura social contemporánea sobre el pensamiento crítico, siendo en todo momento un vehículo de su posibilidad y su puesta en valor.
Con este blog me planteo recuperar el gusto por la lectura de textos sencillos con una planificación didáctica exquisita para hacer reflexionar y pensar a los más pequeños desde el proyecto "Filosofía para niños" de Matthew Lipman y otras tareas programadas. Porque merece la pena hacer fluir la sencillez de la expresión, la imaginación, la creatividad, la espontaneidad y la curiosidad de los niños pequeños, porque todo niño es un pequeño gran filósofo y todo filósofo es también como un niño pequeño.
